miércoles, 5 de octubre de 2016

Del individualismo a la comunidad

A principios del siglo XIX, la mayor parte de las personas sólo se identificaba por las comunidades reales de las que formaba parte. Un europeo medio apenas veía un centenar de caras diferentes en toda su vida. La pequeña comunidad real local, con su economía agraria apenas monetarizada, daba una identidad a cada uno que le permitía entender quién era quién en el sistema social, y qué papel jugaba cada cual en la producción del bienestar de todos. Esta es todavía la identidad dominante en buena parte del mundo rural en los países en desarrollo.

Pero cuando la economía mercantil y el mercado fueron uniendo en entornos más amplios la producción y el consumo, buena parte de las cosas que consumías ya no venían de tu entorno directo; el resultado de tu trabajo podía viajar a cientos, a miles de kilómetros y en las ciudades vivían ya decenas de miles de personas. Las viejas identidades reales dejaron de explicarnos qué éramos para los demás y qué significaba nuestro trabajo para ellos.
A partir de finales del siglo XVII aparecerán las semillas de lo que se convertirá dos siglos más tarde en la gran identidad imaginada del mundo industrial: la nación. La nación tenía la nueva dimensión del estado y del mercado, y permitía a cada cual imaginarse como parte del esfuerzo conjunto que mantenía en pié la economía de la que vivían él mismo y su propia comunidad real. El mundo de las naciones ha sido el mundo de la revolución industrial, pero también el del ascenso de las grandes democracias representativas y el de los estados nación. El mundo que se entendía como un puzzle, como una suma de piezas que eran a la vez territorios, estados, y mercados.




Pero a finales de los noventa, el desplome del bloque del Este y el desmoronamiento de la URSS cambian el mapa del mundo. Los gobiernos occidentales se dan cuenta de que, en realidad, sus empresas tienen síntomas alarmantemente parecidos a los que han llevado al colapso soviético. Parte de la respuesta a la sobre-escala de sus macroempresas consiste en ampliar mercados reduciendo barreras al comercio. En 1993 la Comunidad Europea se convierte en Unión Europea con la firma del Tratado de Maastricht, que consagra la unidad de mercado; en 1994 se firma el acuerdo de libre comercio entre EEUU, México, y Canadá; y en 1995 se funda finalmente la Organización Mundial del Comercio, tras casi 42 añós de esperas y negociaciones infructuosas.
La mayor libertad para comprar y vender en cualquier lugar del mundo lleva en principio a las grandes empresas a buscar proveedores mejores y más baratos en países en desarrollo.
Si hasta entonces la clave de las macroempresas era la integración -hacer todos los procesos por sí mismas- poco a poco las cadenas de valor se rompen: las multinacionales empiezan a centrarse en el diseño, la tecnología y el marketing, externalizando la producción en empresas más pequeñas diseminadas por todo el mundo. El fenómeno se conoce como «ruptura de las cadenas de valor».

Pero en los 90, el uso de Internet empieza a difundirse masivamente. La red de información y comunicación global comienza a parecerse cada vez más a una red distribuida.
La aparición de las compañías aéreas de bajo coste y la bajada de precios de los viajes en general, remarcarán aún más esta tendencia.
El impacto social es tremendo en pocos años. En 1999 aparece el movimiento antiglobalización convocando y coordinando activistas a través de Internet y reuniendo miles de manifestantes en Seattle desde los cinco continentes.
Ese mismo año nace Alibaba.com, el portal de pequeñas industrias que pronto sobrepasará los 20 millones de empresas y que será la cara más conocida de la internacionalización china, dando a conocer al mundo miles de nuevos productos de bajo coste, desde el libro electrónico a la bubucela.
La unión de globalización y redes permite que los «pequeños», tanto los países que hasta entonces se consideraban «subdesarrollados», como las PYMEs, empiecen a jugar en un nuevo tablero global, y en muchos casos, a desbancar en el mercado la hasta entonces abrumadora hegemonía de las multinacionales y los países ricos. Pasamos pues de la globalización a la «globalización de los pequeños».
Pero la la «globalización de los pequeños» no es un fenómeno exclusivo de las nuevas potencias emergentes. En general lo que aparecen son modelos de economía directa. En realidad sólo es el efecto que sobre el mercado tiene el paso a un mundo de redes distribuidas, donde todos pueden conectar y comerciar con todos los demás, estén donde estén, sin intermediarios.
Pero ¿qué pasa con la identidad en un mundo así? ¿Hacia donde evolucionará? En los modelos deeconomía directa el mercado es mundial, y cada producto cotidiano recoge trabajo hecho en continentes diferentes. Así que la identidad nacional empieza a sufrir el mismo problema que le hizo nacer. Ya no explica satisfactoriamente qué tiene que ver nuestro trabajo en el bienestar de nuestra comunidad real, comunidad real que incluye además a esas comunidades virtuales transnacionales de las que formamos parte y que cada vez nos importan más. En ese sentido, la nación se nos ha quedado pequeña.
Pero por otro lado también se nos está haciendo demasiado grande. Porque a las finales lo que nos importa es esa comunidad real formada por nuestras familias, nuestro entorno y las personas con las que compartimos conversación y aprendizaje en Internet. Personas reales, a las que Internet por un lado, y la crisis de las identidades imaginadas por otro, han vuelto a poner en el centro de nuestra forma de entender el mundo.
Pero, ¿cómo es la alternativa? Todos conocemos y formamos parte de comunidades conversacionales en Internet, y eso puede darnos una buena pista. Hay tres grandes diferencias entre las redes nacidas de conversaciones en Internet y las nacidas de vivir o trabajar en el mismo lugar. La primera es una cuestión de costes: el coste de abandonar una red virtual es bajo, el de abandonar una ciudad o un pueblo es alto.
La segunda es una cuestión de elecciones: en Internet formamos redes con quien nos interesa porque la conversación nos interesa, es sin embargo difícil elegir a los vecinos y compañeros de trabajo en la comunidad presencial en la que uno nació.
La tercera tiene que ver con la distancia: las conversaciones en Internet están delimitadas por las lenguas que cada cual usa, no por dónde están los interlocutores. Cuando se forman las comunidades virtuales, estas comparten una identidad propia basada en la conversación, los contextos y el conocimiento que desarrollan.
¿Cómo no sentir las comunidades virtuales como algo liberador? No permanecemos en ellas porque nos sintamos obligados, o porque el coste de abandonarlas nos asuste; las formamos con quienes nos interesan, tu pasaporte no importa. Sólo cuenta lo hace lo que dices y aportas.
Pero las comunidades e identidades virtuales tienen un gran «pero». Incluso si las comparamos con las viejas «identidades imaginadas» nacionales. Al estar basadas en conversaciones entre personas que no comparten en principio una economía, tienen difícil ser identidades «completas», capaces de explicar la relación entre quién eres en la comunidad y qué resultado tiene tu trabajo y lo que haces para ella. Y eso… es importante para una identidad.
Pero eso no pasa en el mundo de la economía directa. El movimiento comienza en los noventa y en un mundo relativamente pequeño. Acostumbrados a conocerse y colaborar en red, son no pocos los grupos de desarrolladores que empiezan a montar la empresa a partir de la comunidad, manteniendo su transnacionalidad y renunciando incluso a tener una sede central. Así nacen empresas hoy famosas como «MySQL», «37 signals» o «Monty Program».
La programación, la consultoría, la edición digital, el diseño gráfico, y en general todos los servicios que pueden comercializarse directamente a través de Internet, son el punto de partida natural de estos primeros experimentos de comunidades transnacionales que comienzan a dotarse de una economía directa. Hoy vemos nacer todo un sector de economía directa industrial, pero también redes globales ligadas por lo productivo, desde las ecoaldeas a las primeras cooperativas transnacionales.
Acostumbrados a la igualdad en la conversación y al trabajo en red como iguales, estas comunidades transnacionales tenderán de forma natural a experimentar formas de democracia económica, desde el cooperativismo a las redes de freelancers.
El resultado es una comunidad real transnacional empoderada con empresas organizadas según el principio de democracia económica. La filé.
Por eso las filés van mucho más allá de los modelos clásicos nacidos del mundo virtual. Desde los noventa, la filé es la tendencia de muchas comunidades de distinto tipo, desde los millones de muridíes sufíes africanos, a movimientos cristianos conservadores como los focolare, pasando por las ecoaldeas, el co-living, o el renacer del kibbutz. El empoderamiento comunitario con economías democráticas y planteamientos transnacionales es la clave de un nuevo comunitarismo.
¿Por qué? En buena parte porque los modelos sociales cohesivos tradicionales se basaban en la centralidad del estado o de las grandes corporaciones. Modelos centralizados que hacían depender de un único poder el sustento básico de la cohesión social.
Pero no hay que olvidar que toda la historia que hemos contado es para el gran mundo corporativo una verdadera crisis de las escalas. En los años 80, las políticas neoliberales (securitización, financiarización, recortes sociales) darán una primera respuesta desde el estado a favor de esas grandes empresas. Los 90 apostarán por un modelo de globalización que, como hemos visto, se les volverá en contra con la globalización de los pequeños. La desregulación financiera y los modelos especulativos financieros darán el resto en la primera década del nuevo siglo… y el resultado será una crisis sin precedentes, en la que el estado y las empresas soltarán el «lastre» de la cohesión social.
Los costes sociales han sido y serán todavía enormes, generando incrementos inauditos de la desigualdad social y regional.
Por eso vuelven los modelos comunitarios y cooperativos, basados en criterios democráticos, y aprovechando toda la experiencia de la transición hacia modelos que apuntan hacia un modo de producción p2p
…pero también, y por esto la filé es tan importante en el debate, partiendo de una lógica transnacional que va más allá de la solidaridad y de los modelos localistas de dearrollo.
Porque en realidad no estamos en la batalla entre un mundo viejo (el de las naciones y las grandes empresas) y un mundo nuevo (comunitario y transnacional al mismo tiempo), sino ante la descomposición del viejo mundo. Por eso los vacíos de cohesión social son inmediatamente ocupados, a escala transnacional, por formas violentas y mafiosas, desde las macro-maras globales a los carteles o AlQaeda.
Así todo el «nuevo comunitarismo», desde los discursos P2P a los debates de la FLOK-society, pasando por el nuevo cooperativismo norteamericano, el mutualismo, o el movimiento de la economía ecológica, representan el intento de aportar soluciones globales no universalistas, no basadas en identidades imaginadas y abstractas, sino en comunidades reales, a través del desarrollo de economías comunitarias capaces de sostener el bienestar en red.
Las resistencias de los viejos poderes a la globalización de los pequeños y la libertad vibrante de las redes distribuidas, nos han legado el dramático panorama de la descomposiciónmundializada. Pero, en ese mapa de razones para el pesimismo, brillan, oponiendopostmodernidad a descomposición, la reemergencia de la comunidad humana real y la crisis deluniversalismo. Son algo más que una buena noticia: son los cimientos de un nuevo mundo, y con toda seguridad, de unos cuantos futuros que merecen la pena.

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